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La Naturaleza se rebela

Por Juan Luís García Acedo y Luís Dichtl

Los daños causados por los desastres naturales afectan a todo el planeta, peo fundamentalmente a los países más pobres, puesto que carecen de la capacidad de reacción necesaria para minimizarlos. Sin embargo, la deficiente gestión de la asistencia a la población tras el paso del huracán Katrina por el sur de los Estados Unidos puso de manifiesto que los países más ricos no están al margen del problema.

Los fenómenos naturales ligados al dinamismo del planeta (terremotos, erupciones volcánicas, deslizamientos de ladera, subsidencias, huracanes, tifones, inundaciones, sequías y desertificación) se producen a lo largo del tiempo y se califican como desastres cuando afectan negativamente a la vida del hombre o a sus propiedades. El crecimiento demográfico y el desarrollo incontrolado en zonas de riesgo, unidos a la ausencia de planes de prevención, figuraban entre las causas principales de que estos desastres ocasionaran cada vez más víctimas y daños. El hecho de que  el aumento de la población mundial hubiera ido acompañado de una concentración en las zonas urbanas y costeras había dado como resultado que 40 de las 50  ciudades del planeta con un crecimiento más rápidos se hallaran situadas en zonas expuestas a movimientos sísmicos. Por otra parte, los edificios de hormigón que no cumplían la normativa de construcción antisísmica eran más vulnerables que las viviendas tradicionales, y el hacinamiento humano en las zonas periféricas de las grandes urbes aumentaba el riesgo de inundaciones, deslizamientos de tierra, maremotos, terremotos, etc. Un 90% de las víctimas causadas por las catástrofes naturales pertenecía a países en vías de desarrollo.

Ante las emergencias, muchos países mostraban una falta total de preparación, fuera por no existir o incumplir los planes de prevención de desastres o normativas antisísmicas, por no informar a la población o por falta de personal especializado y de medios materiales para actuar de forma inmediata.

El maremoto del Sudeste asiático del 26 de diciembre de 2004 dejó más de 300.000 víctimas mortales y daños a millones de personas. La región del océano Índico no disponía de un centro de alertas de maremotos, a diferencia de la del Pacífico, que contaba con uno en Hawai desde la década de 1960. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) había planteado la puesta en marcha de un sistema de alertas para la prevención de desastres naturales en todo el mundo, que permitiría planificar una intervención humanitaria en casos de inundaciones (el 37% de los desastres naturales), huracanes, ciclones y tifones (el 28%), ciclos de sequías y hambrunas (el 9%) y seísmos (el 8%).

El terremoto de Cachemira, el 8 de octubre de 2005, fue el más catastrófico de los habidos en el año. Con una magnitud de 7,6 grados en la escala de Richter, el epicentro se situó a 10 Km. de profundidad y a 95km al nordeste de Islamabad, en la zona de contacto de las placas geológicas euroasiática e India. El seísmo afectó a Pakistán, India y Afganistán y causó cerca de 73.000 víctimas mortales. La elevada densidad de población y el hacinamiento en edificios construidos sin normativas sismorresistentes fueron factores determinantes de la tragedia. Y las actuaciones de emergencia se vieron entorpecidas por las continuas réplicas sísmicas y el difícil acceso a las zonas afectadas.

La importancia del cumplimiento de tales normas y la preparación de la población se puede apreciar comparando dos seísmos acaecidos en 2003: el de la prefectura de Miyagi (Japón), de 7,0 grados de magnitud en la escala de Richter, produjo 98 heridos leves, mientras que el de Thenia (Argelia) , de 6,2 grados, causó 3.000 muertos y 9.000 heridos.

Los desastres naturales estaban cada vez más asociados a la temporada de ciclones tropicales en el atlántico norte, entre junio y noviembre. Para la formación de huracanes es preciso una temperatura del agua del mar por encima de los 27ºC, una elevada humedad atmosférica y viento cálido cerca de la superficie del mar. Si los vientos son superiores a 110km/h, se habla de huracán; si están comprendidos entre 110 y 65 km/h, de tormenta tropical y si son inferiores a 65 km/h, de depresión tropical.

De los 13 huracanes que se produjeron en el año, seis alcanzaron las categorías 3, 4 y 5 – las más altas en la escala de Saffier-Simpson- y, por primera vez, se sucedieron dos de categoría 5, el Rita y el Katrina. Por otra parte, el número total de tormentas tropicales registrado, 26, fue el mayor en los 110 años de que se disponía de este tipo de estadísticas en Estados Unidos. Se contabilizaron más tormenta del tipo que letras en el alfabeto latino original (21), lo que obligó a los científicos a recurrir al griego para nombrar las cinco últimas.

De todos los huracanes, el más dañino fue el Stan, que azotó durante varios días El Salvador y Guatemala provocando en ambos países numerosas inundaciones y deslizamientos de tierra que afectaron a 3,5 millones de personas, la mayor parte en Guatemala, de las que 90.000 tuvieron que ser evacuadas. En El Salvador hubo 100 víctimas mortales, pero en Guatemala, el día 5 de octubre, las lluvias producidas por el Stan sumadas a un terremoto de 5,8 grados de magnitud en la escala de Richter y la las condiciones litológicas y de pendiente topográfica en la zona turística maya del lago de Atitlán dieron origen a un deslizamiento de tierras que arrolló 1.500 casas y provocó la muerte de unas 4.000 personas, sepultadas bajo una capa de espesor de 12 m formado por barro, rocas y vegetación. La prevención de este tipo de desastres –que ya se estaba realizando en algunos de los municipios de El Salvador- pasaba por la cartografía de riesgos, la ordenación del territorio en función de ella, la preparación de planes de emergencia y la sensibilización de la población.

El huracán Katrina desató uno de los desastres más importantes sufridos hasta la fecha por Estados Unidas. Arrasó en agosto Nueva Orleáns y dejó tras de sí 1.200 víctimas mortales y cuantiosas pérdidas materiales. Diversos factores contribuyeron a incrementar sus efectos catastróficos: la crecida del río Mississippi, el mantenimiento insuficiente de los diques de protección de la ciudad, la eliminación de los manglares en la zona costera y la lentitud en la asistencia a la población. En septiembre, el huracán Rita volvió a cebarse en la cota de Louisiana y provocó nuevas inundaciones en Nueva Orleáns.

El huracán Wilma, en octubre, afectó a la costa de la península mexicana de Yucatán, arrasando la población turística de Cancún, y acaró pérdidas agrícolas por valor de 1.500 millones de dólares en el estado norteamericano de Florida. Un mes después, el Gamma provocó en Honduras el desbordamiento del río Ulúa y forzó al desplazamiento de 50.000 personas. Hubo 50 muertos, niños en su mayoría.

En definitiva, la violenta serie de fenómenos naturales en el año evidenció, sobre todo , la necesidad de intensificar las medidas de prevención y de preparación de las emergencias, pues todos los recursos que se inviertan en ellos se recuperan con creces envidas humanas y menores pérdidas económicas.

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